INTERIOR DOMÉSTICO. Pares dialécticos de la intimidad

AUTOR: DR. ARQ. CARLOS PANTALEÓN.

1. La pintura de Rembrandt.

Filósofo en meditación (Rembrandt van Rijn, 1632)

Filósofo en meditación (Rembrandt Harmenszoon van Rijn, 1632), representa el interior de una casa, la escena de un hogar flamenco del siglo XVII.

Organizada según un díptico claramente marcado por la columna ascendente de una escalera, la imagen muestra, en cada hemisferio del díptico, un personaje, un habitante de ese interior envuelto en una densa penumbra. Un hombre pensativo –supuestamente el filósofo en meditación–, iluminado por la luz exterior que ingresa por un ventanal próximo y una mujer –seguramente su mujer–, distinguible apenas por la cálida lumbre del fuego.

Dos personajes, dos puntos de luz en un espacio interior con fuertes contrastes de claroscuro, apartado de otro espacio que no se distingue pero cuya existencia se nos revela. Dos luces, una natural cósmica, inspiradora la otra provocada y productora. Dos actitudes, una pensante y la otra actuante. Dos fuerzas, una centrípeta que parece concentrarse en la actividad que se desarrolla hacia el centro interior del espacio-, la otra centrífuga que tiende a evadirse y a fundirse con la luz exterior periférica que la ilumina.

Si la obra de arte siempre encierra un misterio, si es la representación simbólica de algo oculto, la interpretación de lo que simboliza puede darnos las pautas de lo que es y permanece oculto.

Toda interpretación de un símbolo es ambigua y está dirigida a la subjetividad de quien lo interprete pues un símbolo es, en definitiva un impulso capaz de trasladarnos del plano de lo perceptible y existencial al de lo universal e inamovible.

Si la pintura de Rembrandt es considerada como una alegoría, como un símbolo o un emblema, podría rescatarse de ella una concepción filosófica de vida; es el montaje de un universo simbólico entendido como una construcción de objetos simbolizantes.

¿Qué puede simbolizar este universo además de la representación de una sencilla escena de vida captada en un instante de especial inspiración del artista?

Por una parte, llama la atención el aspecto dual de la composición tan fuertemente marcado que discrimina dos centros compositivos que podrían constituirse en grupos temáticos de cuadros diferentes; el filósofo que medita junto a la ventana, la mujer que cocina junto al hogar. La mente que piensa y la mano que actúa que, como dos fuerzas opuestas, se resisten y se complementan protegiéndose y procurándose mutuos cuidados.

El alimento del cuerpo y el alimento del espíritu se manifiestan aquí como dos actividades esenciales del habitar.

Por otra parte, la extraña conformación de la escenografía favorece esa dualidad compositiva –la iluminación especial de cada uno de los centros temáticos, la disposición extrema de cada personaje en los márgenes del cuadro, la actitud concentrada de cada uno en actividades diferentes– dispersando la atención del observador sobre el hombre y la mujer alternativamente y dificultando la lectura integral de la imagen.

En tercer lugar, la escalera en espiral que conduce a un nivel oculto y cuyos bucles acogen y enlazan a los dos personajes, separando e integrando a cada uno de ellos en una composición díptica de profunda plasticidad dual, abre la posibilidad de una duda. ¿Es una única imagen o son dos imágenes contrapuestas y complementarias? O en definitiva, lo que parecería ser la intención del artista ¿una única imagen de un ámbito armonioso compuesta por dos imágenes complementarias y contrapuestas a la vez?

La propia dualidad plástica de la escena establece la ambigüedad de su significado pues, si el cuadro es tomado como una alegoría, como símbolo que hace alusión a otra cosa diferente de lo que realmente vemos, ese interior de una casa flamenca bien podría representar el interior del alma del artista, su propio y único yo interior.

Un yo interior complejo, integrado y escindido a la vez, estructurado sobre pares dialécticos de cualidades opuestas, al mismo tiempo contradictorias y complementarias, que actúan diseñando la conducta del individuo.

La imagen que Rembrandt nos presenta es rica en sugerencias, tanto en el campo del comportamiento humano como del marco espacial en el que aquél tiene lugar.

Éste es un marco limitado, separado de otro que no se ve pero que se manifiesta a través de la luz que ingresa por el gran ventanal junto al cual el hombre reflexiona. Un ámbito interior en penumbra, cálido, diferente al otro, exterior y luminoso, para nosotros desconocido.

Dentro de ese ámbito umbrío, la escalera serpenteante abre una incógnita que se hunde en la oscuridad de su recodo y la trampilla de madera, al costado del hombre, cancela el acceso a otro espacio que nos es desconocido. ¿Un sótano y una guardilla?

Interiores más profundos dentro del propio interior que guardan mayores intimidades dentro de la propia intimidad, revelan al observador la necesidad de ocultar y de mantener en secreto.

El interior representado en la escena nos revela y nos oculta. Sus partes iluminadas y sus partes sombrías, lo visible y lo invisible, lo conocido y lo ignorado, lo expresado y lo anhelado, la certeza y la duda, disponen otros pares dialécticos que pulsan la conducta del ser.

La casa registra esa pulsión y dispone los lugares, unos para la luz y otros para la sombra.

Si observamos ahora, una vez más, la representación del filósofo meditando, notaremos que conducta humana y marco espacial parecen fundirse en una única y equilibrada escena que se ofrece de una manera pacífica y armoniosa, ordenada y silenciosa, sencillamente impasible y equilibrada.

2. Interior doméstico.

Interior doméstico refiere al dominio del hombre a la vez que a una realidad bifronte.

Al igual que la pintura de Rembrandt, interior dóméstico sugiere pares dialécticos de términos, de seres, de luces, de espacios.

Ninguno de esos términos parece existir per se sino por oposición y complementación con el otro y son esa oposición y complementación las que los define y los distingue.

Interior sugiere inmediatamente un término opuesto y complementario, exterior.

Y si doméstico significa casero, hogareño, familiar, también significa manso, dócil y sumiso.

Dominus –palabra latina de la que proviene doméstico– es el señor que ejerce su dominio domesticando, transformando en casero, en hogareño y familiar aquello que es bravío y fiero por naturaleza.

Doméstico sugiere la existencia de otra categoría opuesta: lo indomable, lo que escapa al dominio, lo que es anárquico, lo que pertenece al caos.

Primera hipótesis / interior – exterior / cosmos – caos /

Es vocación del interior del ser humano aquello que es pasible de ser dominado, de ser apropiado, de ser conocido; sólo con ello puede el hombre vivir en paz, sólo con ello puede identificarse.

Lo que no puede dominar o está fuera de su dominio, pertenece al exterior, le es extraño, extranjero. Lo que pertenece a su exterior es caótico porque no puede ser dominado. Con ello vive en conflicto, pues en ello no puede reconocerse.

Toda morada se da como mundo ordenado, inmóvil y perfecto por oposición a un afuera desordenado, movedizo e imperfecto.

El par dialéctico interior–exterior, toma aquí el aspecto de una tensión entre lo que tiene forma y lo que no la tiene, lo informe.

El hombre define un interior dominado y dominable al que separa de un exterior indomable mediante un límite. La voluntad de limitación es un principio de salud espiritual, una manera de poner orden en el mundo, de con-formar un espacio, de crear un cosmos.

La casa, como límite, debe ser mediadora entre esas dos tensiones –exterior-interior– a las que siempre está sometido el hombre.

Interior doméstico refiere a otro par de términos diferentes aunque no contrastantes sino complementarios: casa y hogar.

La casa incumbe al arquitecto. Trata sobre las cualidades materiales y expresivas de la arquitectura –el espacio, el orden, las dimensiones, la luz, el color, la estructura, la materia–. El hogar concierne al habitante. Manifiesta un estrato más sutil, aspectos más difusos y emocionales. Es una condición compleja que integra imágenes, miedos y deseos, pasado y presente, sueños, tragedias y esperanzas. Una constelación de memorias.

La casa es soporte del hogar, es parte de su epifanía; donde el hogar se manifiesta.

Allí el hombre ejerce su dominio pleno –que significa su triunfo sobre el caos y sobre el paso del tiempo, que es parte de ese caos– experimentando la praxis de los ciclos, renovación de rutinas con que se defiende del tiempo cronológico.

Allí ejerce el dominio virtual sobre la muerte, protegiéndose y preservándose para la vida.

Segunda hipótesis / casa – hogar / casa – refugio /

La fundación de la casa es un acto de separación y de protección. Al separar el hombre da sentido, distingue una parte de un todo al que la parte estaba integrada. Esta intención califica al espacio indiferenciado sacralizando aquella porción que separó.

Pero el límite que separa lo consagrado de lo profano también los relaciona.

Cada cultura [cada individuo] particulriza la relación de lo íntimo [lo individual] con lo social [lo colectivo] civilizando [graduando, vigilando] de ese modo la intrusión, definiendo así los grados de hospitalidad, controlando la irrupción a su intimidad, protegiendo su interior.

La casa es el espacio donde el hombre procesa el exterior caótico para transformarlo en interior armónico, civilizándolo.

La casa es espacio interior y como tal debe estar en sintonía con el interior de quien la habita pues es [debería ser] su dominio absoluto.

Ambos interiores deben conformar una simbiosis completa. Cuando esta simbiosis se produce, la casa se transforma en lugar, en casa-hogar, en espacio humanizado.

Allí, las aspiraciones humanas, materiales y espirituales, encuentran un lugar de reencuentro y de protección.

La casa-hogar, como objeto –aquello que sirve de materia o asunto de las facultades mentales– proviene [es obra] de un sujeto. Sujeto y objeto se construyen recíprocamente.

La casa le permite al hombre construir su identidad y proyectarla al exterior.

La casa es el lugar donde cada uno se reconoce como lo que es. Esto es lo que significa que la casa-espacio interior esté en simbiosis con el yo-espacio interior y sólo es la intencionalidad de partición del hombre –la construcción– la que hace posible el advenimiento del lugar como espacio humanizado.

Si habitar es construir al decir de Heidegger constuirse a través de la construcción del espacio interior doméstico parece ser la única chance de poseer un centro y una identidad, de habitar en el mundo sin perderse en un anonimato sin retorno. De alcanzar un estado de consuelo y de redención. De poder experimentar la inevitable, vivificante y renovada pulsión de la partida y del regreso.

La casa-hogar es, en su esencia, límite asumido, centro necesario. Ella procede del consentimiento del habitante a dotarse de un universo limitado, de un interior a partir del cual tiene acceso a su yo-interior y sin el cual el impulso hacia el afuera y hacia la libertad no tendría ni anclaje ni sentido.

La casa-hogar deviene centro de la vida del hombre. A ella acude desde el exterior –desde el caos– y desde ella parte al exterior, para dominarlo.

Siempre y en todas partes, la casa-hogar es la modalidad suprema de afrontar el caos por parte del hombre. Es su refugio y es su centro.

Tercera hipótesis / objeto – sujeto / habitar – construir / construir – reconocer / reconocer – identificar-se /

Dado que la fundación del lugar conlleva una visión y una ilusión del hombre y de su libertad, la casa como objeto debe ser producto de quien la habita, pues es a través de la construcción de la casa espejo de su interior que el hombre completa la construcción de su propio yo.

Sólo así –y de ningún otro modo– la casa se transforma en casa-hogar, imagen y semejanza de quien la construye.

La participación del hombre en la construcción de su casa la inviste del carácter de espacio humanizado a la vez que robustece la construcción de su propio yo-interior.

La casa-hogar es el lugar de los objetos. Ellos forman parte de la separación que el hombre hace al fundar su espacio interior pues en sus objetos el hombre también se reconoce.

Hay objetos que expone y otros que esconde.

Los objetos privados guardados en el sótano o en la guardilla, en los baúles o en los cajones, revelan la intención del hombre de sustraer a la vista de los otros hombres, y de sí mismo, cualquier cosa que indique una posesión y un gusto personal pues no dejar saber es un modo de marcar la separación y de fortalecer los lazos íntimos entre lo secreto y la identidad. Revelan, también, la necesidad de rescindir o de aplazar la visión de su existencia, de olvidar, aunque no definitivamente.

Al igual que la escena que nos muestra Rembrandt, la casa funciona como una apariencia, una máscara expuesta a las miradas curiosas del extraño. Esa máscara debe satisfacer su mirada y a la vez detenerla; impedirle ir más lejos desviando su atención del fondo de las cosas.

Los territorios sustraídos a la mirada del otro a la nuestra en este caso dan acceso a los dominios de lo secreto.

La identidad y lo secreto son los parámetros de lo escondido del interior doméstico, del interior de uno mismo.

Cuarta hipótesis / el sótano y la guardilla / los objetos y la memoria / descarte y olvido /

El tiempo de los objetos de la casa es el tiempo íntimo de quien la habita.

Las cosas inútiles que debemos tirar y no tiramos, así como las cosas preciosas que dejamos en depósito para nuestro bienestar –nuestro consumo o nuestra memoria–, revelan todas decisiones interiores relacionadas a la aspiración que tenemos para con nuestra seguridad material y espiritual.

La transitoriedad del orden o del desorden, de la acumulación, del olvido y del volver a descubrir, dependen de la visión que tengamos de nuestra propia temporalidad.

Bajo esta mirada, puede ser la acumulación el agregar objeto tras objeto conservando todo lo que hemos adquirido o heredado la expresión de una esperanza y de una necesidad de protección sin límites, de una casa como abrigo eterno.

El sótano y la guardilla, los baúles y los cajones, todo aquello que oculta o que guarda, son los lugares sombríos de la sedimentación que es consecuencia del tiempo que nos concedemos para decidir el destino de las cosas.

Metáforas de lo escondido y de lo invisible del interior de uno mismo, el sótano y la guardilla son los lugares de la duda, de la suciedad, de las cosas inútiles y de las cosas valiosas. Son los espacios del tiempo suspendido que postergan la selección de las cosas a la vez que nos dan libre acceso y libre uso de nuestro tiempo interior.

La dinámica de lo luminoso y de lo sombrío en la experiencia de nuestro yo-interior manifiesta una parte de nosotros que está en orden [resuelta, asumida] y otra que aún no lo está.

Esa dinámica de extremos interactuantes, dialéctica de la luz y de la sombra, persistirá, pues renunciar a los objetos que son signos sustanciales de lo que hemos sido y vivido y que proporcionan la evocación material de los días ya pasados, requiere la aceptación del desgarro pues el ser no puede tirarlo todo sin correr el riesgo de tirar las pruebas de su propia existencia.

El individuo, el sujeto, habita a la vez el espacio de la exterioridad –el espacio del objeto– y el de la subjetividad que es el espacio de la interioridad. El espacio de la casa y el espacio del hogar.

En el interior doméstico el hombre transforma la exterioridad en interioridad, cuando la contempla [la conoce] y la admira, dominándola, transformando el ob-jeto en sub-jeto.

Esto es la esencia de su existencia y ese es, tal vez, el gozo supremo de la interioridad doméstica.

Ese contemplar la exterioridad [ob-jeto] dominándola y transformándola en [sub-jeto].

Es el gozo del filósofo de Rembrandt que en un acto de suprema concentración y abandono a la vez, desde la ventana, contempla su interior que es exterior domesticado.

Bibliografía de referencia.
LAPOUJADE, María Noel (2006) La imaginación estética en la mirada de Vermeer. [Los espacios
imaginarios Verneer, p. 193 a p. 220]. HERDER, México, 2006. ISBN: 968.5807-23-X
SERFATY – GARZON, Perla (2003) Chez soi. Les territoires de l’intimité. Editions Armand Colin,
Francia, 2003. ISBN: 220026514-X
VIGNA, Daniela; ALESSANDRIA, Silvana, (1996) La casa. Tra immagine e simbolo. UTET
Università, Torino, Italia, 1996. ISBN: 88-7750-357-2